Los muñecos de Barcelona

Hay varios por la ciudad… Miran a la gente que pasea por las calles, perdidos en sus pensamientos, en su mundo, sin moverse. Las características físicas son las de personas reales pero desde sus bocas no sale ni un sonido. Desde sus caras ni una emoción. Ni un movimiento desde sus articulaciones. Todo el día se lo gastan allí, por los ojos vacíos.

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Plaza de Pons i Clerch, Barcelona| Federica Zolla

El primero de la lista se llama Jack, es un muñeco de hace 40 años que una vez trabajó de maniquí en una tienda de trajes para hombre en Passeig de Gràcia. Allí tuvo la oportunidad de vestir los mejores y más caros tejidos que venían desde cada esquina del mundo y que luego eran comprados por los aristócratas más ilustres de Cataluña.

Durante un tiempo a Jack se le ocurrió enamorarse. Abrieron una tienda justo enfrente de la suya. De ropa. Ropa de mujer.  Jack no solo se enamoró de un maniquí sino de una verdadera mujer. Se llamaba Regaliz, era una señorita muy elegante que llegaba cada mañana para abrir la tienda y luego se iba, muy lejos, quién sabe donde. Para Jack, ella era todo lo que un simple muñeco podía desear. Hasta que la magia se acabó. La empresa donde trabajaba Jack cerró y el pobre fue tirado al vertedero. En aquel lugar se podía encontrar cualquier tipo de objeto. Cuando Jack llegó echó una mirada a su alrededor pero no pudo ver nada que fuese parecido a él. Fue en aquel momento cuando una sensación de soledad se aprovechó de él, probando aquel sentimiento por primera vez. Tuvo la suerte de experimentar por primera vez el amor y seguidamente la soledad. El muñeco pasó, quien sabe cuantos días, meses o años en aquel lugar tan sucio.

El cielo estaba limpio hasta el horizonte y algunas gaviotas iban buscando restos de comida entre la basura del vertedero. Con un movimiento rápido, casi imperceptible, una mano le agarró y se lo llevó consigo.

Actualmente, Jack cada mañana mira el paseo que se encuentra enfrente del balcón donde está situado y aunque no se pueda ver desde fuera, sonríe.

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Carrer de la Princesa, Barcelona | Federica Zolla

Marie tiene las mejillas muy rojas y siempre ha estado así. Le gusta mirar las parejas que van quedando bajo su balcón. Unas quedan para una primera cita y siempre se puede ver una cierta vergüenza entre los dos -ojalá- futuros amantes. No saben qué decir ni donde mirar pero pasados los primeros cincos minutos la tensión va soltándose y generalmente deciden ir hacia un bar, un cine o al parque más cercano. Otro tipo de pareja son los que quedan después de una pelea. Estas son la preferidas de Marie. Apenas se ven se empiezan a gritar las peores cosas en la cara; algunos se parecen a actores por las caras y los movimientos tan teatrales que hacen. Después de la rabia inicial, el fuego de la discordia va apagándose, los gritos bajándose y los labios besándose.

Marie siempre estuvo amando todo eso, en estos momentos se siente como si estuviese sentada en un cine mirando el último estreno de la temporada. Ella sabe mucho de cine y teatro, de hecho, antes de aterrizar en el balcón de la calle soleada donde se encuentra ahora, había estado trabajado como comparsa en diferentes películas y espectáculos teatrales. Pero no en Barcelona, sino en la capital francesa. Allí Marie había vivido el principio de su vida y el suceso, la fama y la riqueza. Habían sido unos años de vida muy entretenida y animada, hasta que alguien decidió que esta muñequita ya había hecho bastante y tenía que reemplazarse pon otra. Así la pobre tuvo que pasar por varios mercadillos de antigüedad y objetos raros, comprada por uno y vendida por otro. Pasó por cincos casa diferentes: la primera fue de un coleccionista alemán, la segunda de un cirujano sueco, la tercera de un jubilado holandés, la cuarta de un empresario italiano, hasta llegar finalmente a una ventana del barrio del Born.

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Carrer Gìriti, Barcelona | Federica Zolla

Kalim está allí desde siempre. Desde que abrió los ojos por primera vez. Nunca ha trabajado ni ha estado enamorado, jamás ha actuado en un teatro o en una película pero, eso sí, siempre tuvo la capacidad de oler. Puede oler todas las magnificas y características flagrancias del barrio. Aromas con sabor a curry, pan que acaba de salir del horno, humo de hachís, perfume de mujer,  árboles a principio de verano. Todo eso es lo que percibe Kalim a través de su nariz de plástico. Lo disfruta todo lo que puede, y gracias a eso, se siente vivo. Vivo como nunca ha estado y como nunca podría llegar a ser.

Lamentablemente, un día  un rueda de la camioneta que recoge la basura del barrio se rompió exactamente debajo de su ventana. Aquel fue el único instante en el que habría preferido no sentirse tan vivo. Excepto por aquel accidente, el don que tiene siempre le llevó cosas muy buenas. Como solamente es capaz de ver, igual que todos sus compañeros, va juntando su mirada con los olores que percibe, y así casi logra concebir la realidad tal y como es. Con el pasar de los años, también pudo conectar cada aroma con su proprio objeto. Su olor preferido es el del humo de hachís. Cuando por la noche los jóvenes del barrio quedan al bar de debajo de su casa para beber un par de cañas y fumar una decena de porros, él disfruta de su momento favorito.

Kalim aunque sea sólo un maniquí sabe llegar a ser un marroquí de verdad. Seguido de su olor favorito, viene el pollo al curry de la vecina Danila, una señora de unos cincuenta años con un marido mucho más viejo que ella y con demasiados hijos, más de lo que aquella familia puede permitirse. Sabe cocinar el mejor pollo al curry de toda la ciudad o al menos a Kalim le gusta pensar que es el mejor. Ella de alguna manera entendió esta pasión del muñeco y cada vez que cocina aquel plato lo deja algunos minutos más en el balcón para que se enfríe.

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Carrer dels Escudellers, Barcelona | Federica Zolla

Así se acaban las historias de los tres muñecos, el enamorado, la actriz francesa, y el fumeta marroquí. Son tres historias totalmente inventadas pero los tres protagonistas son reales, y además de ellos, muchos más tan curiosos como fascinantes se pueden observar por las calles de Barcelona; lo único que hay que hacer es  levantar un poco los ojos hacia el cielo y quizás la imaginación. Ojalá uno ellos os echara una sonrisa un día.

Jack se puede admirar en el Passeig del Born, Barcelona.

Marie está expuesta en el balcón del Carrer Gíriti, Barcelona

Kalim os agradecería mucho que paséis bajo de su ventana llevando una ración de pollo al curry, que nunca será como el de Danila pero irá bien igual, en Carrer dels Escudellers, Barcelona.

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Passeig del Born, Barcelona | Federica Zolla

Fede

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